Probar audífonos, para lo que hay que oír… y luego no ponértelos. Enhorabuena, campeón.

Probar audífonos, para lo que hay que oír… y luego no ponértelos. Enhorabuena, campeón.

Probar audífonos, para lo que hay que oír…

Y luego no ponértelos.

Enhorabuena, campeón.

Vas a un centro. Te hacen las pruebas. Te explican todo.
Te pruebas los audífonos. Te los ajustan. Te ríes.
Y luego sueltas la frase mágica:

“Me lo voy a pensar.”

Y te vas.
Con los mismos problemas.
Con la misma cara de no enterarte.
Y con la falsa sensación de que tienes el control.

¿Sabes qué es lo peor?
Que muchos no vuelven.
No porque no puedan.
Sino porque se les pasa la ventana.
Y cuando quieren volver a probar,
ya no oyen lo suficiente como para disfrutar de verdad.

Y no, no exageramos.
La audición también tiene fecha de caducidad.
Si no estimulas el oído, se duerme.
Y si se duerme…
buena suerte despertándolo.

Probar no es decidir.
Decidir es ponerse algo, vivir con ello unos días, y luego opinar.
Lo demás es perder tiempo. Y audición.


Feo por fuera o por dentro… pero lo importante es que oigas bien.

Déjame ayudarte desde un centro de los buenos, de esos que no se encuentran en cualquier esquina.

Enséñame el camino, feo →
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